En búsqueda del llanto

El problema de dedicarse a la informática en una situación como ésta es que uno tiene la pulsión de llevar al plano de la vida la frialdad y exactitud de los números, de los ceros y unos, y entonces me acabo encontrando a mí mismo persiguiendo una y otra vez la aparición de una receta. De un instructivo, de un método, para atravesar el duelo.

Y al final me siento atrapado en una contradicción, porque el que la gente me diga que no existe una receta me aumenta la pulsión a pensar en que sí la hay. El que me digan que cada uno lo atraviesa como puede es en algún punto en sí mismo una receta, y luego entonces, si existe ésa, existen otras.

Una de las formas en que funciona nuestra mente nos lleva, un poco inevitablemente, a que, ante una circunstancia desconocida en carne propia pero que conocemos por «experiencia ajena», evoquemos y tengamos como referencia esas vivencias de otros. Y en los duelos a los que yo he asistido vaya si hubo lágrimas. Ni que hablar de referencias menos cercanas y más banales: la ficción.

Por ello, aunque en una muy pequeña medida he ido consiguiendo salir del status de obsesión por ello, no deja de preocuparme que mi proceso de duelo no sólo no tenga lágrimas, sino que, no conforme con que mi dolor emocional no sea ni la centésima parte de lo que imaginaba que sería o de lo que efectivamente fue en los momentos previos a la cirugía a la que mi madre se sometió para que le extirpen el tumor, nuevo y mucho más grande, que apareció en la última resonancia, es como si mi corazón no cayera en cuenta del suceso. No me duele.

No es que no sienta nada, es... Es difícil de describir. Es como una mancha negra por dentro. Es una mezcla de incredulidad con enfado. Es intentar poner todo mi cerebro a «cognitivizar» la partida de mi madre y en seguida, casi por instinto, negar con la cabeza. Es no poderlo creer. Es no entender cómo pudo irse sabiendo lo gigante que es la espada que atraviesa el alma de mi papá. Es que me resulte inevitable empatizar con él e imaginarme a mí mismo perdiendo así a mi pareja; que me resulte inevitable sentir morir por dentro.

Y por más que intente aplacar mi preocupación, me es humanamente imposible incorporar del todo no tanto el hecho de que cada uno lo atraviesa como le sale, sino el hecho de que mi propio «como me sale» no incluya las lágrimas, con todo lo que amaba a mi mamá.

Es no entender porqué no lloro en el plano no-onírico, pero cada tres o cuatro noches, sueño con que lloro por ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario