Eran finales de 2022, y mi papá acababa de volver de llevar a mi tío, el hermano de mi mamá, al aeropuerto para que tome el vuelo de regreso a Estados Unidos. Vive ahí desde joven, y éste era el final de su primera visita a Argentina post-pandemia, y ahí empezó todo. Mi mamá sintió que oía con eco, que veía como a cámara lenta, que escuchaba un zumbido continuo, y que había según qué partes del cuerpo que no podía mover.
Como ya fui contando en otras entradas, a través de las incontables baterías de estudios a las que, como se podrán imaginar, se fue sometiendo, le declararon esta infame neurocisticercosis, con el consabido acompañamiento de varias tomas de una fortísima medicación antiparasitaria. Dio igual la ausencia de cambios más que milimétricos en el tamaño, forma o posición de las lesiones y los edemas, o que sólo una de las dos lesiones iniciales en su hemisferio izquierdo muestre signos de calcificarse.
Y sí, eventualmente empezó a aparecer en la mesa la palabra «biopsia», pero ella... simplemente no pudo. No pudo contra el miedo que le daba. No cuando mi nono, su papá, falleció de un ACV y desde entonces todo lo que girase en torno al cerebro le daba terror.
Pasó el tiempo, y gracias a contactos que tiene mi hermana debido a que trabaja en sanidad, para junio del año pasado en un enésimo nuevo turno con el enésimo especialista en el enésimo instituto especializado, y, enésima batería de estudios mediante, desembocó en que no se podía determinar de qué se trataba su enfermedad, pero sí que en un 99% no se trataba de neurocisticercosis. Después de ordenarle una resonancia de precisión especial, con otro líquido de contraste y con cortes más cercanos unos de otros, apareció una nueva lesión más grande en el hemisferio derecho, que, un mes y medio después, por allá por octubre, se llegó a la conclusión de que entre la posibilidad de que fuera vascular, parasitario o tumoral, la más probable era la tercera.
Los cuarenta días previos a la cirugía de extirpación de ese tumor, durante los cuales creció todavía más, a 13000 kilómetros de distancia, se sintieron siglos. Milenios. Desde el minuto cero de mi partida de Argentina tuve claro que sin importar cuánto me costara, en cualquier ámbito en el que suponga ese coste, iría de visita una vez por año desde el comienzo. Pero aun con todo lo doloroso, desesperante y frustrante de la circunstancia, no podía permitirme viajar todavía y, por más exacerbado que la circunstancia tornaba mi rasgo de complejo de Dios, cambiaba poco que yo estuviera a 13000 kilómetros de mi mamá o a 10 centímetros.
El 6 de diciembre, en pleno comienzo del festivo puente de la Inmaculada Concepción y víctima de la más cruel de las contradicciones producto de encontrarme rodeado de luces de Navidad y de deseos de recorrer España entera a pie para verlas de cerca, el alta de mi mamá del post-operatorio se vio completamente malogrado porque entró en un síndrome confusional causado por los edemas generados inevitablemente por la cirugía del cual nunca llegó a salir del todo.
El 18, en el turno con el oncólogo para recibir el resultado del análisis patológico de la muestra recogida en la cirugía, mis hermanas reciben la noticia que constituyó el comienzo del fin: un cáncer de alto grado incurable y poco susceptible a la radioterapia. Ocho meses de sobrevida si se lograba que se sometiese a la radioterapia, posibilidad la cual no existía si no salía del cuadro de demencia en el que estaba. De dos a cuatro meses sin tratamiento.
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