Sensación de fraude

Pasan los días y la preocupación por ver que sigue la ausencia de lágrimas y de sentimientos se acentúa. E incrementa el sentimiento de rareza, de desorientación. Sin embargo, hay una particularidad en torno a este suceso, que no conté en mi entrada anterior y que puede que tenga que ver con cómo estoy vivenciándolo. Aunque, a medida que transcurre el tiempo, se aleja más y más mi convicción de que pueda ser así.

Puesto que el veredicto del oncólogo coincidió prácticamente con las fechas a partir de las cuales sí podía permitirme ir a Argentina de visita, a principios de Enero aterricé en Ezeiza. La segunda circunstancia que ha hecho que reine la acentuación del sentimiento de fraude y de estafa en todo esto (la primera es lo bien que salió la cirugía) fue que el 23 de diciembre, la víspera de la víspera de Navidad, a mi mamá le dieron el alta. Después de innumerables situaciones engorrosísimas, de pasarlo como el mismísimo culo en incontables niveles, se logró que vaya recuperando la cordura, la noción de tiempo y espacio, y que no escupiera la medicación que tenía como objetivo reducirle los edemas para seguir mitigando el síndrome confusional y, eventualmente, volverla candidata a la radioterapia.

La acentuación del sentimiento de fraude aparece cuando a tan sólo seis días de llegar e instalarme en su casa, de verla y ver su deterioro en persona, de espantarme por lo inapelablemente diferente que es la presencialidad a que te lo cuenten por WhatsApp, de verla prácticamente incapaz de comunicarse, pero aun así de finalmente poder estar cerca de ella, los episodios de angustia agudos acompañados por un lloriqueo cada vez más parecido a un llanto que habían empezado en Año Nuevo y que no tenían explicación más que el mismo síndrome, pasaron a tener una frecuencia tal que se requirió una nueva internación.

Cuando parecía que el mantra que no paraba yo de repetir, de día, y de noche hasta quedarme dormido, ese mantra que me dio el ánimo para vencer el terror nigérrimo que me daba ir a Argentina, que rezaba «voy a visitarla y a despedirme de ella, pero no a enterrarla» se podría cumplir, aparece la tercera y última circunstancia generadora de sensación de fraude. Un mes antes de la fecha del billete de regreso a España la médica paliativista del hospital al que, después de un indescriptiblemente arduo trabajo de lucha contra la burocracia, mis hermanas y yo conseguimos trasladarla (la internación empezó en el mismo lugar donde fue la cirugía y ahí no cuentan con cuidados paliativos) nos dice que lamentablemente el tiempo durante el cual se había venido intentando deshinchar los edemas con medicación se volvía contraproducente, considerando que la frecuencia de los episodios de angustia no descendía, y que entonces procedía sedarla para ir quitándole de a poco la medicación y, así, que los edemas y el tumor avancen hasta que suceda el fatal desenlace.

Y es pequeñísima, tenuísima, sumamente débil, la cuerda que sostengo para aferrarme a que la semana y media que estuvo sedada constituyó una despedida, la despedida que de alguna manera extraña hace que ahora esté más habituado, o quizá menos «des-habituado», a su ausencia. A que duela un poquitito menos. Pero ahí está; la cuerda ahí está, y es el motivo único que me permite encontrarle otra explicación que no sea que soy un perfecto hijo de puta carente de sentimientos, a la ausencia de lágrimas.

Me pregunto cuánto tardará esa cuerda en cortarse.

Un poco de trasfondo

Eran finales de 2022, y mi papá acababa de volver de llevar a mi tío, el hermano de mi mamá, al aeropuerto para que tome el vuelo de regreso a Estados Unidos. Vive ahí desde joven, y éste era el final de su primera visita a Argentina post-pandemia, y ahí empezó todo. Mi mamá sintió que oía con eco, que veía como a cámara lenta, que escuchaba un zumbido continuo, y que había según qué partes del cuerpo que no podía mover.

Como ya fui contando en otras entradas, a través de las incontables baterías de estudios a las que, como se podrán imaginar, se fue sometiendo, le declararon esta infame neurocisticercosis, con el consabido acompañamiento de varias tomas de una fortísima medicación antiparasitaria. Dio igual la ausencia de cambios más que milimétricos en el tamaño, forma o posición de las lesiones y los edemas, o que sólo una de las dos lesiones iniciales en su hemisferio izquierdo muestre signos de calcificarse.

Y sí, eventualmente empezó a aparecer en la mesa la palabra «biopsia», pero ella... simplemente no pudo. No pudo contra el miedo que le daba. No cuando mi nono, su papá, falleció de un ACV y desde entonces todo lo que girase en torno al cerebro le daba terror.

Pasó el tiempo, y gracias a contactos que tiene mi hermana debido a que trabaja en sanidad, para junio del año pasado en un enésimo nuevo turno con el enésimo especialista en el enésimo instituto especializado, y, enésima batería de estudios mediante, desembocó en que no se podía determinar de qué se trataba su enfermedad, pero sí que en un 99% no se trataba de neurocisticercosis. Después de ordenarle una resonancia de precisión especial, con otro líquido de contraste y con cortes más cercanos unos de otros, apareció una nueva lesión más grande en el hemisferio derecho, que, un mes y medio después, por allá por octubre, se llegó a la conclusión de que entre la posibilidad de que fuera vascular, parasitario o tumoral, la más probable era la tercera.

Los cuarenta días previos a la cirugía de extirpación de ese tumor, durante los cuales creció todavía más, a 13000 kilómetros de distancia, se sintieron siglos. Milenios. Desde el minuto cero de mi partida de Argentina tuve claro que sin importar cuánto me costara, en cualquier ámbito en el que suponga ese coste, iría de visita una vez por año desde el comienzo. Pero aun con todo lo doloroso, desesperante y frustrante de la circunstancia, no podía permitirme viajar todavía y, por más exacerbado que la circunstancia tornaba mi rasgo de complejo de Dios, cambiaba poco que yo estuviera a 13000 kilómetros de mi mamá o a 10 centímetros.

El 6 de diciembre, en pleno comienzo del festivo puente de la Inmaculada Concepción y víctima de la más cruel de las contradicciones producto de encontrarme rodeado de luces de Navidad y de deseos de recorrer España entera a pie para verlas de cerca, el alta de mi mamá del post-operatorio se vio completamente malogrado porque entró en un síndrome confusional causado por los edemas generados inevitablemente por la cirugía del cual nunca llegó a salir del todo.

El 18, en el turno con el oncólogo para recibir el resultado del análisis patológico de la muestra recogida en la cirugía, mis hermanas reciben la noticia que constituyó el comienzo del fin: un cáncer de alto grado incurable y poco susceptible a la radioterapia. Ocho meses de sobrevida si se lograba que se sometiese a la radioterapia, posibilidad la cual no existía si no salía del cuadro de demencia en el que estaba. De dos a cuatro meses sin tratamiento.