Me gusta mucho leer, y a escribir le suelo también encontrar el punto, y si bien he leído algún que otro blog alguna vez, nunca había escrito uno. Sí que tengo un microblog: mi cuenta de Twitter. Pero me da más por usarlo como lo usa la mayoría: como una red social, y allí mantengo un nivel de informalidad y superficialidad en el que estas reflexiones no cabrían.
A lo que debe su título este blog es a que hace poco más de un mes, a sus jovencísimos 65 años, falleció mi madre, a causa de un cáncer en el cerebro; un glioblastoma. Y a lo indescriptiblemente grave de tal suceso, se le añaden dos condimentos que hacen de todo excepto pasar desapercibidos. El primero es que hace poco más de un año he conseguido, finalmente, una meta que llevaba desde mediados de la pandemia persiguiendo: emigrar de Argentina y mudarme a Europa; en concreto, a España.
Lo primero que se estarán preguntando es si cuando se me confirmó que quedé seleccionado en la oportunidad de trabajo que habilitó dicho logro sabía de la enfermedad de mi mamá. Pues he aquí el segundo condimento: no sólo no se sabía, sino que llevaba dos años con los neurocirujanos e infectólogos asegurándole que las lesiones y edemas que seguían presentes en las resonancias desde la aparición del primer síntoma eran una enfermedad llamada «neurocisticercosis»; una especie de parásito causado por comer comida (cerdo, en concreto) mal cocinada o en mal estado, o verdura cruda mal lavada.
No voy a contar nada en este blog que aquellos que ya pasaron por esta situación o situaciones similares no sepan; sentía que necesitaba aclararlo. Pero, hablando de sentir, eso no quita que sienta necesidad de decir un océano entero de cosas, empezando por que todo esto es, paradójicamente, la realización de todas las metáforas que pueden hacerse al respecto y todo lo horrible que uno se puede imaginar que será, y al mismo tiempo, completamente diferente a ello.
Un «rasgo» que siempre me ha caracterizado ―lo entrecomillo porque he discutido infinidad de veces con mucha gente, ya que me reúso a abandonar la convicción de que no es más que instinto humano básico― es el de evitar a toda costa el sufrimiento. De cualquier índole. A cualquier costa, a la que sea. Y sí, evidentemente, aunque créanme que, por más a la vista que esté, sigo sin aceptarlo del todo, hay sufrimientos que son inevitables. Pero es entonces cuando sale a la luz otro de los rasgos que siempre me ha caracterizado: el de actuar como si el enfado no fuera inconducente. Me concentro tanto en dejar salir toda la bronca que puedo, que la alimento generando debates filosóficos, o antropomórficos, o del tipo «¿qué hubiera pasado si...?» interminables, e iguales de inconducentes que el enojo. Es mi forma de convertir lo de «a toda costa» evitar el sufrimiento en lo más real posible.
En los casos en que el sufrimiento, además de ser inevitable, se perfila de antemano y, por así decirlo, uno se lo ve venir, se hace presente un tercer rasgo muy mío: el de intentar predecirlo. De «pagarlo de antemano». De hacerlo carne para que sea «más barato» y para, así, «amenazar» a la vida, a Dios, o a cualquier entidad superior regidora del orden en la que crean, para que se lo piense dos veces antes de permitir el suceso de esa cosa horrible que se avecina. Admito que es muy difícil de sostener el negar que todo eso no es más que una manera repleta de adornos y parafernalia de nombrar a algo que, en realidad, es intentar controlar el futuro.
En fin; créanme que, cuando antes he dicho que todo esto es completamente diferente a lo que pueda uno imaginarse, los rasgos que acabo de describir me han llevado a imaginar largo y tendido, y ello me proporciona el aval necesario.
Pero no; aunque en el párrafo anterior parece que estoy haciendo alarde, es todo lo contrario, porque desde su partida salvando contadísimas excepciones muy fugaces, no he logrado derramar una sola lágrima.
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